jueves, 8 de septiembre de 2016

ERNESTO CÁRDENAS RIAÑO





Ernesto Cárdenas Riaño, pintor primitivista, muere el 29 de enero del 2022 en su natal Duitama, la misma ciudad en donde había nacido el 6 de febrero de 1921 en el hogar del coronel Marco Tulio Cárdenas y doña Cecilia Riaño. La pasión por el arte, que afloró desde la niñez, lo llevaría luego a convertirse en un ícono de la cultura en su comarca. Estaba próximo a cumplir 101 años de vida.

El Maestro Cárdenas fue un pintor que cosechó una extensa obra para enriquecer el arte y valorar las costumbres populares. Su obra costumbrista ha recorrido el mundo, sus cuadros fueron vendidos para América, Europa y Asia, y llegaron hasta el Museo Latinoamericano de New York.

Sus obras inspiran afecto y amor por lo nuestro porque su delicado y detallado pincel logró traducir en imágenes esas tradiciones, costumbres y escenas del diario vivir de los campesinos.

Las romerías que plasmó en sus obras son realmente mágicas porque no omite detalle alguno de esos momentos cuando los campesinos andaban por caminos polvorientos, al son de bambucos y torbellinos arrancados con dulzura al viejo tiplecito del abuelo hasta divisar la altiva cúpula de la iglesia y llegar allí para dar gracias al Padre Celestial por el regalo de la cosecha.

Las fiestas de la campiña también quedaron plasmadas para siempre entre oleos y trementina y se han convertidos en genuinas postales del recuerdo, tal vez para conservar intactas en la memoria las vivencias campesinas o para recrear a los hijos y nietos lo que fue un pasado de gloria lleno de autenticidad, sencillez y simpleza como la humildad misma de las cosas grandes.

El trazo de Cárdenas no tiene influencia alguna de academia o estilo científico, por el contrario, la única influencia que tienen su singular técnica son los relatos de los mayores, el sonido agudo del requinto que deja las cantas en el eco eterno del alba, las cercas de púa que delimitan el rancho de la abuela, el riachuelo sonoro de aguas cristalinas y aquel fogón de leña puesto sobre las piedras para hacer el sancocho dominguero. Los expertos le llaman expresión primitivista, otros la relacionan con la influencia del primitivismo en el arte occidental que ilustraba aquellos tipos de objetos triviales.

Mucho antes que los folcloristas escenificaran en coreografías y trajes el colorido de las marchantas, Ernesto Cárdenas ya había tatuado a sus lienzos los colores de la alegría ancestral y la luz que solo él y el sol pueden lograr en los arreboles de la campiña. Verdes en todos los tonos, rojo fiesta, azul cielo y el amarillo de trigales forman la paleta de colores del maestro Ernesto Cárdenas con los que logra genuinas combinaciones que solo le quedan bien a este relator de identidad labriega.

Muy pronto sus relatos pictóricos llegaron a los grandes salones de exposición de Colombia y el mundo, a la Casa de Nariño, al santoral de relicarios de su Santidad Juan Pablo II y a los consulados que aún conservan sus cuadros en altivos corredores donde las obras de Ernesto Cárdenas parecen suspendidas en el tiempo, como las historias añejas que narran sus pinceles.

De Ernesto Cárdenas debemos conservar para las nóveles generaciones la honestidad con la que hacía cada cosa y cada encomienda, la prudencia con la que se refería a los demás, la ingenuidad que plasmaba en sus obras, la moral cultivada en los anaqueles de sus más caras experiencias y el amor profesado con creces a su amada compañera y descendencia.

Una de sus últimas entrevistas fue la que concedió al cronista Francisco Celis Albán para el periódico El Tiempo en el año 2019; la reproduzco a continuación como un homenaje a su memoria.

DE OBRERO A PINTOR (Francisco Celis Albán)

Para la entrevista con el maestro Ernesto Cárdenas, duitamense de pura cepa, hay que ir hasta las afueras de esta ciudad de Boyacá que se enorgullece de su estirpe patriota, pues de allí salió una buena parte de los soldados que guerrearon al mando de Bolívar en la batalla de Boyacá.

Es el campo ya. Desde la puerta de su casa, en una ladera, se ven esas vacas y esos caballos y esos perros campesinos que suelen poblar sus cuadros, pues aunque muchas de sus obras son pintadas de memoria, los modelos los toma de la vida real. Su pintura tiene esa vitalidad y ese colorido que mueve a curiosidad a quien la mira, curiosidad por saber si son escenas que vio o vivió o son producto de su infatigable invención.

Cárdenas es una celebridad de la cultura de Duitama, tanto que en una calle central, en una banca, está sentado, con pincel y paleta en ristre, un monumento de tamaño natural que lo representa con fidelidad.

Nos recibe sentado en medio de una muestra desbordada de bastidores ya pintados, en un patio donde todo en derredor son obras suyas: las paredes, la mesa, los asientos, un mueble para guardar cosas, en los que él plasma su obsesión por el arte.

Su esposa y sus hijas, en torno de él, lo asisten, le indican cómo y dónde sentarse, le colocan el aparato electrónico que le permite escuchar, pues el oído es lo único que ha resultado completamente afectado a lo largo de su extensa vida.

Tiene “noventa y ooooocho años”.

“Qué proeza. Mucho tiempo”, le digo, elevando la voz y vocalizando con énfasis, queriendo que me escuche sin dificultad.

“Y más larguitos de 98”, precisa, con ojos risueños y el tono de travesura de esas personas mayores que han hecho de su vida exactamente lo que soñaron y lo que más les gusta.

Es un señor recio, alto, robusto, blanco, con facciones como talladas en madera. Cuando nació, hacía apenas 102 años había pasado por allí la campaña libertadora.

Así que al estar frente a Ernesto Cárdenas hay que tener conciencia de que se trata de un siglo atrás, el último siglo del segundo milenio. Nació cuando recién había terminado la Primera Guerra Mundial. Ese uno de los aspectos que llena de importancia su obra pictórica: registra eventos de la vida rural de una época en la que no era común tener una cámara fotográfica, y las imágenes eran obra de personas mitad magos y mitad alquimistas, de los que ya solo quedan los llamados fotógrafos de cajón.

La memoria le profesa al maestro Cárdenas una fidelidad a toda prueba. Si se le pregunta quién le enseñó a pintar, se remonta al primero de primaria, a la escuela. “Allí yo era el que hacía los dibujos de las carteleras, las ayudas visuales, cuando estaba puro pequeñito. Desde el primer año me ponían a hacerlas y yo pintaba las figuritas, para la o, para la a, y ahí fui aprendiendo. Me gustaron mucho desde pequeño el dibujo y la pintura. Me daban de premio una cajita de colores y me estimulaban. Yo seguí así”.

No solo nadie le enseñó sino que cuando ya mostraba que ese sería el sentido de toda su vida, no le faltaron obstáculos que superar.

“Ya cuando tenía por ahí ocho años, ofrecieron una beca del municipio para un niño en la escuela de bellas artes. Y me pidieron que llamara a mi papá. Porque yo era el mejor que pintaba en la escuela. Papá vino y le explicaron: ‘Hay una beca para un niño, del municipio de Duitama, para la escuela de bellas artes y dicen que él es el que hace esos dibujos. No es mucho lo que tiene que comprar’ ”.

Recuerda que el papá lo consultó con su mamá y todo iba bien, hasta que intervino una tía. “Y dijo, no comadre, no deje ir el muchacho por allá, porque eso se vuelven unos muchachos manilavados. Y mi papá dijo: ‘Sí, señor, tiene razón mi comadre’ “.

No aceptó la beca. “Dijo que quería que yo fuera albañil, peón: ‘Más bien, váyase a trabajar de ayudante de un albañil, para hacer casas de material’ ”.

Y se perdió la beca, que le hubiera cambiado la existencia. Como quien ve pasar la película de la vida de una persona distinta de el, con algo de risa retrospectiva, cuenta que “se la dieron a una hija de un leñador ignorante, y él sí aprobó que a la niña le dieran la beca”.

“A mí –comenta– no me dejaron. Que con eso no me iba a ganar la vida, fueron las palabras que dijeron. Ahí me partieron las alas”.

La metáfora, en rigor, no le hace justicia a su trabajo, que ha sido resaltado incluso por el crítico Eduardo Serrano, el decano, después de Marta Traba, de los analistas de las artes plásticas en Colombia.

Lo que pasó después fue igual: la historia de aquellos niños a los que se desestimula en sus propias familias. “Ahí pintaba en cuadernos, me ponía a pintar en mis horas libres como aficionado, pero nunca pensé que lo que hacía sirviera para ganarme la vida”, cuenta.

A medida que fue creciendo se fue convirtiendo en el hombre recio que debía satisfacer a su papá.

“Entonces trabajé en todos los oficios –relata–. Hice como catorce oficios en toda mi vida. Hasta que en Acerías Paz del Río me consiguieron un puesto para trabajar como operador de puentes grúa, después fui capataz de una cuadrilla de veinte hombres en el tren de una fábrica y luego en almacenes, por ahí”.

Así, de tumbo en tumbo, lejos del arte que tanto lo llamaba, creció .

“Cumplí veintiún años y me retiré de esos trabajos. Al poco tiempo, estaba tan aburrido sin hacer nada, y me dije: hombre, y voy a comprar colores y lienzo, y los compré y ensayé a ver cómo se hacía. Primero hice unos monachitos. Pero después compré una enciclopedia de arte y vi las obras de los maestros de la pintura, Miguel Ángel, Rafael, Leonardo, todos. Y me puse a copiar: tengo La última cena, la Piedad...”.

Y esa fue toda su academia, muy a la manera de la escuela antigua, que consistía en ejecutar copias hasta, en virtud del ejercicio de la repetición y de la indagación del cómo lo logró, descifrar los secretos de los grandes del arte universal.

“Hasta que un día llegó un amigo –rememora–, que ya falleció, y me dijo: ‘Oiga, están buenos el color y el dibujo. Usted tiene disposición para esto, pero no se ponga a copiar, que se quedará de copista”.

Luego lo animó aún más: “Va a haber una exposición, la primera exposición de primitivistas aquí en el Museo de Arte Religioso. Hágase unos cuadros para llevar”.

Una de las intuiciones más poderosas de la pintura del maestro Cárdenas es su deslinde con el enfoque primitivista y su comprensión de que su trabajo no está relacionada con una ambición meramente decorativa.

“Y yo dije, ah, no –argumenta–. A mí no me gusta hacer esos monachitos; una gallinita de grande como un avestruz, y un caballo como un perrito. No. Yo no pinto eso”.

Ese consejo fue el mejor que le han dado en la vida: “Me dijo, pues no haga eso. Pinte lo que a usted se le venga a la cabeza, mañana vengo. Y vino. Y yo: ‘Hombre, no todavía no he hecho nada’. Y dijo: ‘haga algo’. Y otra vez ‘mañana vengo’. Y vino y yo había hecho una obra y la llevó. A los 15 días trajo un diploma y me dijo: ‘gustó’. Y yo: ‘Qué va a ser’. Y él: ‘Sí, señor. Siga por ahí’ ”.

Esa es su historia. El siguiente paso fue cuando lo invitó alguien a Bogotá con sus cuadros y reunió a compradores de arte.

Todos los vendió. Pero no al precio que Cárdenas los habría cobrado, sino a sumas que él mismo nunca hubiera imaginado vender. Ahí fue cuando supo que, pese a todo, había logrado demostrar que él tenía la razón, y no su papá.
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El Maestro Ernesto Cárdenas Riaño recibió en vida todos los honores, todos los reconocimientos, medallas, diplomas, trofeos, esfinges, decretos, pergaminos, estatuas, bustos, pero quizá el más preciado para él fue el cariño de la gente y el respeto de sus coterráneos que lo aplaudieron y consintieron hasta el último segundo de su valiosa y prolongada permanencia entre nosotros.

Referencias: El Tiempo.com - Boyacá Siete Días - Aportes personales.

Mi foto
Un soñador, simplemente. Hacedor de versos, creador de canciones e inventor de historias. Paz de Río, Boyacá, Colombia. 23 de abril del año de 1952.